El próximo día 24 celebramos el Domingo Mundial de las Misiones, fecha que provoca definir octubre como mes de las misiones, aunque, a decir verdad, todos los meses y los días del año deben ser misioneros. Años atrás esto era tema muy sabido y valorado; pero ahora hay cosas básicas de nuestra fe poco conocidas y menos todavía vividas. Precisemos qué significa esto, aunque sea brevemente.
Al ser católicos somos plenamente cristianos, porque pertenecemos a Cristo y Él da sentido a nuestra vida. Esto lo ha repetido insistentemente el Papa Benedicto XVI. Si nos encontramos verdaderamente con Cristo, no podemos quedar insensibles o indiferentes a su presencia, sino que nos convertimos en sus discípulos, queriendo aprender sobre todo su estilo de vida: sencillo, humilde, veraz, bondadoso, totalmente dedicado a obedecer a Dios Padre para bien de nosotros, a quienes Cristo acoge como hermanos.
Cuando tenemos la vivencia de algo o alguien que nos ha fascinado, queremos compartirlo con los familiares y amigos. Así ha de ser en relación con Cristo: No podemos callarlo, sino que nos convertimos en testigos y misioneros suyos, deseando comunicar a los demás esta fascinación por Cristo, reproduciendo en nuestro trato con todos el estilo de vida de Cristo, que aparece vivamente reflejado en su Evangelio. Ser misionero de Cristo es anunciarlo, celebrarlo, servirlo en nuestra relación con los demás.
Felicito a usted si piensa y ejecuta la intención de ir a lugares lejanos donde hay pocos bautizados; pero también se puede ser misionero donde estamos viviendo ordinariamente: en la familia, en el trabajo, en el deporte, en el ámbito educativo, político, colaborando en servicios concretos en la parroquia y en todo programa que significa mejoría de la población donde vivimos.
Ser misioneros es dar testimonio claro y convincente –por Cristo y con Cristo- a favor de la vida humana desde que ésta ha iniciado con la fecundación o fertilización o concepción y hasta que tenga lugar la muerte natural, o sea sin apresurar que termine de otra manera. También podemos ser misioneros siendo honestos, veraces, auténticos, o sea sin apariencias engañosas; cuando perdonamos al que nos ofende, cuando damos de comer al que tiene hambre o de beber al que tiene sed; cuando atendemos al enfermo o al encarcelado, cuando compartimos nuestro tiempo, nuestros conocimientos y bienes a favor de quienes lo necesitan.
El auténtico misionero no espera recompensas inmediatas, especialmente gratificaciones económicas o afectivas, sino que se entrega a Dios, y por Dios a los demás, y en Dios tiene su recompensa, ayudando a que otros regresen a Cristo y lo sigan también como perseverantes discípulos y entusiastas misioneros.
Invito a ti a ofrecer maneras concretas de ser misionero de Cristo siempre en tu Familia, Sociedad, Escuela y en todas parte y de manera permanente.
Padolescentes-Goredapa
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